lunes, 16 de agosto de 2010

El Padre de la Patria, Don José de San Martin

* De lo que mis granaderos son capaces, solo lo sé yo, quien los iguale habrá quien los exceda no.

* El hombre bajo todo gobierno sera el mismo, con las mismas pasiones y debilidades.

* La biblioteca destinada a la educación universal, es más poderosa que nuestros ejércitos.

* Los soldados de la patria no conocen el lujo, sino la gloria.

* Mi mejor amigo es el que enmienda mis errores o reprueba mis desaciertos.

* Para los hombres de coraje se han hecho las empresas.

* Serás lo que debas ser, si no no serás nada.

* Si hay victoria en vencer al enemigo; la hay mayor cuando el hombre se vence a si mismo.

* Si somos libres, todo nos sobra.

* La conciencia es el mejor juez que tiene un hombre de bien.

* Una derrota peleada vale más que una victoria casual.

* Cuando la patria esta en peligro, todo esta permitido, excepto, no defenderla.

* No esperemos recompensas de nuestras fatigas y desvelos.

* No hay revolución sin revolucionarios - los revolucionarios de todo el mundo somos hermanos.

* Hace más ruido un sólo hombre gritando que cien mil que están callados.

* Seamos libres, lo demás no importa nada.

* Mi nombre es lo bastante célebre para que yo lo manche con una infracción a mis promesas.

* Sacrificaría mi existencia, antes de echar una mancha sobre mi vida pública que se pudiera interpretar por ambición.

* Compañeros juremos no dejar las armas de la mano hasta ver al país enteramente libre o morir con ellas como hombres de coraje.




martes, 3 de agosto de 2010

CARTA A UN AMIGO RADICAL. . .

CARTA A UN AMIGO RADICAL (por de Marcelo O'Connor)

Un recuerdo de Marcelo... Quizás algunos ya lo hayan leido.

Publicado el Sabado 7 de Abril de 2007 en el SEMANARIO “REDACCIÓN”.

Estimado amigo:

No te puedo decir correligionario. No lo soy. Pero quiero hablarte de tu Partido: la Unión Cívica Radical. Me siento con algún derecho, porque me llamo como me llamo por quien era el jefe del partido cuando nací, aunque sé que algunos de los tuyos creen que Alvear era un oligarca. Era un patricio, que no es lo mismo, y mantuvo unido y en la pelea al partido en la difícil época del fraude. Porque a mi padre, el suyo le puso de segundo nombre Alem y a un tío se lo encajó de primero. Porque tenía de mi viejo, hasta que se lo presté a otro radical, la primera edición de “El Radicalismo de Mañana” de Ricardo Rojas, con una dedicatoria personal del Maestro. Porque en mi familia materna, mis tíos Alcides y Alejandro Greca, este último revolucionario del 33, lo fueron. Porque hasta podría alardear de un lejanísimo parentesco político con Alfonsín, por el lado de los Foulkes. Porque mi primera experiencia, de niño, con la política fue una elección en San Javier, un pueblo de la costa santafecina, donde era caudillo imbatido, ni por el peronismo, mi tío político José Cámera. Allí gusté las empanadas en el “corralón”, contemplé con azorados ojos infantiles la tabeada de los criollos en el fondo, como se cuidaba de que los votantes no sean despojados de las “libretas” por la policía brava y a los indios mocovíes que estremecían el aire gritando “¡viva Hipólito Irigoyen!”.

De muchacho me hice socialista y admirador de los viejos ácratas libertarios. También influyó la lectura de Lisandro de la Torre. Y no menos, los ejemplos de conducta de los radicales, compañeros en tantas luchas por la democracia y por la libertad. De los radicales sacamos el gusto por la política, no como medio de vida sino como pasión. De grande y quizás porque no he sido radical, estuve en muchas fallidas aventuras políticas, aunque aun así, en esencia, todavía me reconozco a mí mismo. Pero este excesivo y algo vanidoso exordio es solo para que no sientas que te habla un enemigo que se solaza de la decadencia radical.

Es que el radicalismo es de ustedes, por supuesto, pero en cierta forma es patrimonio de todos los argentinos. A él le debemos, no sólo el voto secreto y universal, sino un sentido ético de la política. Siempre fueron una reserva moral de la República. Cuando otros hacían pactos espurios, otra forma de fraude, ustedes iban a elecciones, aun sabiendo que perdían. Cuando se disolvían los partidos, ustedes se refugiaban en la “interna” para mantener viva la democracia. “¡Yo no inclino mi frente en la batalla!”, decía Alem. Irigoyen les dio una misión, la “causa”, que era la “reparación” moral y política del honor nacional. “Que se pierdan mil presidencias, pero que se salven los principios”.

Ustedes pueden mostrar vidas ejemplares, como de un santoral laico. Ahí lo tienen a Arturo Illia, a Ricardo Balbín, a Crisólogo Larralde, a Santiago del Castillo, a Moisés Lebensohn, a tantos anónimos radicales de provincias, barrios y pueblos de todos los rincones del país.
No tengo derecho a meterme en las “internas”. Pero si algunos pretenden el atajo del calor y las billeteras oficiales, déjenlos que se vayan con gobernaciones y todo. Una purga de vez en cuando, es saludable. Y no será la primera vez: en los 30, los antipersonalistas se fueron con los conservadores; en el 45, el peronismo se formó con radicales; en el 57, otros se escindieron. Tránsfugas hubo siempre. A todos se los tragó la Historia y ustedes permanecieron. No mejor suerte les espera a los que, de puro “transversales”, caminan de costado.

No puedo criticar la decisión de ir con un candidato extrapartidario. Los acuerdos políticos son legítimos, si son transparentes. No siempre ni necesariamente son “contubernios”, palabra radical. Pero no puedo dejar de acordarme que cuando Perón en sus inicios hizo gestiones para ser candidato de los radicales, Amadeo Sabattini dijo: “Díganle a ese mocito que se afilie a la Unión Cívica Radical”. Perdieron lejos, llevando al peor candidato posible hasta la aparición del inefable De la Rúa: Tamborini, acompañado por Mosca y, porque así me enseñaron de chico, toco madera al nombrar al último, que era un temible “jetattore”. Perdieron, pero no se doblaron.

Tienen casi 120 años de Historia. Como todos, con claros y oscuros, con aciertos y errores. De la Rúa fue un trágico equivoco, para ustedes y para el país que confió. Pero no deben pagar todas las culpas para siempre. Los peronistas nos pusieron a Lastiri y luego a Isabel y se hacen los distraídos. Combatan el mito de la ineficacia, inventado por sus enemigos. Illia, lo reconocen todos ahora, fue un excelente gobierno en lo económico. Y democrático. Alfonsín entregó el poder porque, conspirativamente, le hicieron un golpe de Estado bajo la forma de un golpe de mercado que provocó la hiperinflación. Al respecto, ahí está el libro “El asalto al poder” de Simón Lázara, Bs.As., 1997.

Los radicales, la sal de la República, podrán ser ahora el 10 o el 20 %. O menos aún o más. ¡Qué importa! Ser radical no es fácil ni para cualquiera. Abracen al viejo partido y sigan con la prédica, sin pensar en candidaturas ni en ganar o perder. Cuando soplan vientos de hegemonía, cuando hay que salvar a las instituciones, cuando hay que defender a la democracia y la libertad, ahí deben estar los radicales. Para eso nacieron.

¡Adelante, radicales!

Marcelo O´Connor.-

lunes, 26 de julio de 2010

26 de julio: REVOLUCIÓN DEL PARQUE


Al Pueblo: El patriotismo nos obliga a proclamar la revolución como recurso extremo y necesario para evitar la ruina del país. Derrocar un gobierno constitucional, alterar sin justo motivo la paz pública y el orden social, sustituir el comicio con la asonada y erigir la violencia en sistema político, sería cometer un verdadero delito de que nos pediría cuenta la opinión nacional. Pero acatar y mantener un gobierno que representa la ilegalidad y la corrupción; vivir sin voz ni voto la vida pública de un pueblo que nació libre; ver desaparecer día por día las reglas, los principios, las garantías de toda administración pública regular, consentir los avances al tesoro, la adulteración de la moneda, el despilfarro de la renta; tolerar la usurpación de nuestros derechos políticos y la supresión de nuestras garantías individuales que interesan a la vida civil, sin esperanza alguna de reacción ni de mejora, porque todos los caminos están tomados para privar al pueblo de gobierno propio y mantener en el poder a los mismos que han labrado la desgracia de la República; saber que los trabajadores emigran y que el comercio se arruina, porque, con la desmonetización del papel, el salario no basta para las primeras necesidades de la vida y se han suspendido los negocios y no se cumplen las obligaciones; soportar la miseria dentro del país y esperar la hora de la bancarrota internacional que nos deshonraría ante el extranjero; resignarse y sufrir todo fiando nuestra suerte y la de nuestra posteridad a lo imprevisto y a la evolución del tiempo, sin tentar el esfuerzo supremo, sin hacer los grandes sacrificios que reclama una situación angustiosa y casi desesperada, sería consagrar la impunidad del abuso, aceptar un despotismo ignominioso, renunciar al gobierno libre y asumir la más grave responsabilidad ante la patria, porque hasta los extranjeros podrían pedimos cuenta de nuestra conducta, desde que ellos han venido a nosotros bajo los auspicios de una Constitución que los ciudadanos hemos jurado y cuya custodia nos hemos reservado como un privilegio, que promete justicia y libertad a todos los hombres del mundo que vengan a habitar el suelo argentino.

Las instituciones libres han desaparecido de todas partes: no hay República, no hay sistema federal, no hay gobierno representativo, no hay administración, no hay moralidad. La vida política se ha convertido en industria lucrativa. En el orden público ha suprimido el sistema representativo hasta constituir un congreso unánime sin discrepancia de opiniones, en el que únicamente se discute el modo de caracterizar mejor la adhesión personal, la sumisión y la obediencia pasiva El régimen federativo ha sido escarnecido; los gobernadores de provincia, salvo rara excepción, son sus lugartenientes; se eligen, mandan, administran y se suceden según su antojo: rendidos a su capricho (…) En el orden financiero los desastres, los abusos, los escándalos, se cuentan por días. Se ha hecho emisiones clandestinas para que el Banco Nacional pague dividendos falsos, porque los especuladores oficiales habían acaparado las acciones y la crisis sorprendió antes de que pudieran recoger el botín. El ahorro de los trabajadores y los depósitos del comercio se han distribuido con mano pródiga en el círculo de los favoritos del poder que han especulado por millones y han vivido en el fausto sin revelar el propósito de cumplir jamás sus obligaciones. La deuda pública se ha triplicado, los títulos a papel se han convenido, sin necesidad, en títulos a oro, aumentando inconsiderablemente las obligaciones del país con el extranjero; se ha entregado a la especulación más de cincuenta millones de pesos oro que había producido la venta de los fondos públicos de los Bancos garantidos, y hoy día la Nación no tiene una sola moneda metálica y está obligada al ser vicio en oro de más de ochenta millones de títulos emitidos para ese fin; se vendieron los ferrocarriles de la Nación para disminuir la deuda pública, y realizada la venta se ha despilfarrado el precio; se enajenaron las obras de salubridad, y en medio de las sombras que rodean ese escándalo sin nombre, el pueblo únicamente ve que ha sido atado, por medio siglo, al yugo de una compañía extranjera, que le va a vender la salud a precio de oro; los Bancos garantidos se han desacreditado con las emisiones falsas; la moneda de papel está depreciada en doscientos por ciento y se aumenta la circulación con 35 millones de la emisión clandestina, que se legaliza, y con cien millones, que se disfrazan con el nombre de bonos hipotecarios, pero que son verdaderos papel moneda, porque tienen fuerza cancelatoria; cuando comienza la miseria se encarece la vida con los impuestos a oro; y después de haber provocado la crisis más intensa de que haya recuerdo en nuestra historia, ha estado a punto de entregar fragmentos de la soberanía para obtener un nuevo empréstito, que también se habría dilapidado, como se ha dilapidado todo el caudal del Estado (…) El movimiento revolucionario en este día no es la obra de un partido político. Esencialmente popular e impersonal, no obedece ni responde a las ambiciones de círculo u hombre público alguno. No derrocamos el gobierno para separar hombres y sustituirlos en el mando; lo derrocamos para devolverlo al pueblo a fin de que el pueblo lo reconstituya sobre la base de la voluntad nacional y con la dignidad de otros tiempos, destruyendo esta ominosa oligarquía de advenedizos que ha deshonrado ante propios y extraños las instituciones de la República. El único autor de esta revolución, de este movimiento sin caudillo, profundamente nacional, larga, impacientemente esperada, es el pueblo de Buenos Aires que, fiel a sus tradiciones, reproduce en la historia una nueva evolución regeneradora que esperaban anhelosas todas las provincias argentinas. (…) El período de la revolución será transitorio y breve; no durará sino el tiempo indispensable para que el país se organice constitucionalmente. El gobierno revolucionario presidirá la elección de tal manera que no se suscite ni la sospecha de que la voluntad nacional haya podido ser sorprendida, subyugada o defraudada. El elegido para el mando supremo de la Nación será el ciudadano que cuente con la mayoría de sufragios, en comicios pacíficos y libres, y únicamente quedarán excluidos como candidatos los miembros del gobierno revolucionario, que espontáneamente ofrecen al país esta garantía de su imparcialidad y de la pureza de sus propósitos.

jueves, 22 de julio de 2010

Apunte Nº7 - Reforma del '18



Para los que militamos en la Franja Morada, para los que seguimos siendo reformistas, para los que sabemos "los dolores que quedan son las libertades que faltan"




viernes, 4 de junio de 2010

Doscientos años: ¿alguien mira hacia adelante? por Ricardo LAFFERRIERE


Dos siglos atrás, en un día como hoy, el Cabildo de Buenos Aires decidía asumir la facultad de designar su gobierno, dando el paso trascendental de formar una Junta que pasaría a la historia con el nombre de “Primera Junta de Gobierno Patrio”.

La decisión se asentaba en los principios más avanzados de la época, siguiendo los pasos de la revolución norteamericana, de la Revolución Francesa y de las propias Juntas que habían comenzado a constituirse en la Península, ante la cautividad del monarca ibérico en Fracias: el principio de la soberanía del pueblo.

Los patriotas no tomaron una decisión que naciera de alguna mente iluminada, o estuviera reducida a los poco más de doscientos vecinos caracterizados de Buenos Aires que constituían “lo más sano y principal del vencindario”. Por el contrario, en una ciudad que contaba con poco más de cuarenta mil habitantes, más de ocho mil de ellos formaban parte de cuerpos militares, en la mayoría de los casos eligiendo sus propios Jefes, armados a partir del episodio de las Invasiones Inglesas.

Los porteños abrieron en esos días un camino nuevo para su convivencia, guiados por las ideas políticas más actualizadas de entonces y apoyados en la fuerza de un pueblo cuyos voceros no dudaron en afirmar, ante la pregunta “¿dónde está el pueblo?” que “tóquese generala en los cuarteles...” y se llenaría la plaza de inmediato con el pueblo ausente.

Allí empezamos un camino independiente que se extendería al territorio del Virreynato, que se concretaría en 1853 y finalizaría 1860, al completarse la organización institucional del nuevo Estado.

En realidad, en este año 2010 no sólo conmemoramos los doscientos años de vida autónoma, sino también el sesquicentenario de la culminación de nuestra organización nacional, al unificarse definitivamente el país con la incorporación de la provincia de Buenos Aires a la Confederación y la aprobación de la Reforma Constitucional de 1860.

A partir de ese momento, y por siete décadas, aún con conflictos y densos debates, la historia fue favorable. En pocas años, las instituciones funcionando demostraron ser el cauce adecuado para liberar la potencialidad transformadora e inclusiva de un país en crecimiento exponencial. Frente a las extrañas críticas a la Argentina del Centenario escuchadas en estos días aludiendo a la presunta gran “exclusión social” existente entonces, la realidad era que el país funcionaba como un imán de inmigrantes, y que la polarización de riqueza era sustancialmente menor que la existente luego de los siete años kirchneristas, cien años después. No se le hubiera ocurrido ni a de la Plaza o a Sáenz Peña –antes del 16- ni a Yrigoyen –después- felicitarse por el crecimiento de las villas miserias atribuyéndolo al crecimiento económico, como hiciera la presidenta Fernández de Kirchner en una de sus definiciones de antología, pocas semanas atrás.

Pero estamos en 2010. Y frente a la Argentina que abría rumbos de hace dos siglos, y a la que derramaba optimismo de hace cien años, tenemos hoy un país desorientado, crispado, enfrentado, empobrecido y sujeto a las tensiones que no han surgido de las entrañas del pueblo sino que se le generan desde el poder, un poder en el que aparentemente el horizonte ha desaparecido de sus mensajes y no dibuja con nitidez –ni desde el gobierno ni desde la oposición- el rumbo del país en los años que vienen.

Se atribuye a Sócrates el aforismo que afirma que para el navegante que no conoce su puerto de destino, ningún viento le será favorable. Y la sensación que tienen los argentinos hoy es que ese rumbo no está en la cabeza de su dirigencia, cuyas argumentaciones quedan reducidas a riñas de pre-adolescentes, a berrinches de malcriados o a ansiosos de mando por el solo hecho del poder.

Los compatriotas tienen la sensación de no ser conducidos a ningún puerto, a pesar de la verborragia diariamente contradictoria de lo que se dice y lo que se hace, sin hesitar en cambiar lo afirmado el día anterior si es necesario para el titular periodístico del día siguiente.

Esto ocurre en el gobierno y es grave. Pero ocurre también en varios sectores de oposición política, y es preocupante. Ante este vacío de debate maduro y orientación clara, el único camino que le queda a los argentinos de a pié es tomar las riendas de su vida en sus propias manos, lo que conlleva el peligro del egoísmo individualista. Pero pocas alternativas le dejan las conductas de muchos de sus hombres públicos.

En este comienzo del siglo XXI, el mundo no es el mismo que a inicios del XIX. Se está construyendo la ciudad universal, al compás del portentoso avance científico técnico, el encadenamiento productivo global que ha superado los límites nacionales para conformar un sistema económico planetario, la revolución de las comunicaciones interactivas que ha convertido a cada ser humano en célula de una red universal con terminal en los individuos, sin pasar por el poder ni por los Estados, y ha reivindicado para las personas cuotas de independencia de criterio, libertad personal y reasunción de su “soberanía” en un grado no advertido aún por los protagonistas del escenario político.

Los habitantes de Buenos Aires reclamaban del Cabildo, en las históricas jornadas de Mayo, que “el pueblo quiere saber lo que se trata”. Hoy, los porteños y los argentinos saben de qué se trata más que los dirigentes, y en todo caso lo que extrañan es que sean los protagonistas del escenario de lucha por el –raquítico- poder residual los que se den cuenta, de una vez por todas, de lo que se trata. Que miren el horizonte.

Que recuerden que nuestro país fue grande cuando fue capaz de convivir alrededor de un consenso estratégico básico con las instituciones funcionando, cuando a pesar de los duros debates por el futuro, todos se consideraban com-patriotas de un mismo país compartido, y se respetaban las leyes.

Ese es el mensaje que se notó en las calles en estos festejos, al llenar las plazas y escenarios con la emoción de las marchas patrias desempolvadas, de los viejos uniformes de pasadas glorias aplaudidos nuevamente al inspirar el recuerdo de gestas comunes, y al demandar de sus dirigentes gestos de tolerancia y de unidad.

En síntesis, reclama de todos los seres humanos que habitamos el planeta una actitud de mirar hacia adelante. Como no lo ha hecho en estas fiestas una administración que sólo ha atinado a mirar al pasado. Como sí lo sienten y lo reclaman los millones de compatriotas que animaron los festejos, quizás extrañando a una presidenta que ha preferido encerrarse en su residencia antes que arriesgarse a sentir el juicio de sus compatriotas en los actos a los que debía exponerse sin la custodia de su guardia pretoriana.

El inédito episodio de un desfile militar de la significación del Bicentenario sin la presencia de su Comandante en Jefe, con el argumento que estaba cansada y no quería saturar, fue la demostración más patética. Podríamos imaginar que hubiera pensado Juana Azurduy, o Manuela la Tucumana, o cualquiera otra de las heroicas mujeres de la Independencia ante esta actitud, para darnos cuenta de lo lejos que estamos de aquéllos que hicieron la patria.

El mundo que viene, plural y cosmopolita, abierto y democrático, necesita reproducir a escala planetaria el entramado institucional que los países exitosos mantuvieron y alrededor del cual construyeron su éxito, tal como lo tuvimos en nuestras primeras décadas, cuando San Martín proclamaba en Lima que la causa de nuestra Revolución era “la causa del género humano”.

Debe contener a las fuerzas desatadas de la especulación financiera, de las redes globales de delitos internacionales, tráfico de personas, drogas y armas, lavado de dinero fruto de la corrupción y la delincuencia, terrorismo y violencia. Debe cuidar el planeta, y cuidar la gente.

Para hacerlo, debe apoyarse e inspirarse en lo bueno que han logrado, en los derechos humanos, en la democracia, en el pluralismo, en la libertad, en la solidaridad y la justicia. En la causa del género humano, como hace doscientos años.

En este sentido aniversario, entonces, ¿quién mira hacia adelante? Porque es bueno advertir que eso es, justamente, lo que están esperando los argentinos.

Presentamos este documento con motivo del Bicentenario de la Revolución de Mayo de 1810. El Cabildo Abierto del 22 de Mayo fue sin dudas el centro del debate intelectual y político de la gesta maya. Lo reivindicamos como un ejemplo de discusión de ideas, posiciones e intereses que alumbró al nuevo gobierno patrio. En homenaje a esos próceres, sometemos estas consideraciones al pueblo argentino.

“La República está de festejo. Conmemoramos 200 años del comienzo de nuestro camino a convertirnos en una Nación. La fecha convoca a la fiesta y también al balance y la reflexión. En ese marco debemos defender la idea que este Bicentenario es de todos los argentinos y que la coyuntura no pueda menguar la trascendencia de la epopeya.

Al mismo tiempo, este Bicentenario debe servir para valorarnos como República y para aportar al diseño de la Argentina que viene.

Si miramos hacia atrás, y tomamos como medida de análisis los elementos constitutivos de la Nación veremos que en 1810 no teníamos consolidado un territorio, dado que amplísimos sectores de nuestra geografía estaban disociados; la población era escasa y el poder era delegado por la Corona española, aún mediando la revolución, debido a que se siguió gobernando a nombre del Rey peninsular. Es decir, entonces, que nuestros patriotas sentaron las bases de la argentinidad sobre un trípode esquelético, convirtiendo a Mayo más en una apuesta al futuro que en una decisión para aquel presente.

Al cumplirse el Centenario de Mayo, y siguiendo con el mismo análisis, la Argentina estaba en camino hacia la consolidación definitiva de su territorio; la población, por influjo de la Constitución de 1853, crecía por el fomento de la inmigración, sin tener una identidad nacional definida, por supuesto; y el poder era autocráticamente ejercido por una clase dominante con pretensiones de perpetuación, aunque con señales claras de nuevos sectores sociales de su vocación por la participación política.

Es decir que en 1910 habíamos avanzado mucho en relación a los 100 años precedentes, pero con enormes deudas hacia la integración definitiva del cuerpo social de la República.

Este Bicentenario nos encuentra con nuestro territorio plenamente consolidado, sin problemas de límites con los países hermanos; con una población creciente en proceso de una definitiva identidad nacional y el poder celosamente resguardado en instituciones republicanas y representativas asentadas sobre el principio democrático que, desde 1983, hemos venido sosteniendo y que han dado muestras ciertas de su aptitud para canalizar las expectativas de todo un pueblo.

No queremos proponer al pueblo argentino el debate de la República sobre la base de hechos y personajes actuales. Pretendemos reflexionar acerca del futuro.

Es indudable que la República Argentina cuenta en la actualidad con las mejores condiciones para definir su perfil de Nación. Hemos superado las etapas fundantes, la organización nacional y nos debemos abocar ahora a delinear la Argentina para el Tricentenario.

Quizá sea allí donde debamos hacer un alto y mirar con grandeza al futuro. Nos hemos acostumbrado al cortoplacismo, al “aquí y ahora”, a la inmediatez, a la celeridad y la urgencia, a la falta de debate, a la imposición de ideas.

Ninguna de esas actitudes son constructivas para un pueblo que debe definir sus próximos 100 años de vida.

Hay que convocar a todos los sectores de la República a la mesa común del diálogo fraterno para poder avanzar en la definición y la planificación estratégica de nuestro país.

La convocatoria debe ser amplia, abierta y plural, en un marco de tolerancia y respeto a las opiniones de todos los que, con auténtica argentinidad en su corazón, quieran aportar a la construcción de una verdadera República democrática.

Estamos convencidos que ese es el desafío actual: superar la coyuntura y diseñar un plan estratégico nacional que defienda nuestras mejores tradiciones, que reivindique la democracia social para los tiempos, que garantice el respeto a las libertades individuales y los derechos humanos, que integre las expresiones de los pueblos originarios y que, en definitiva, ponga a todo el pueblo argentino bajo un proyecto común de Nación”.


FIRMANTES: Aguinis, Marcos; Aguilar, Andrés; Alice, Beatriz; Alterini, Atilio; Arancibia, Miguel; Baigorria, María Teresa; Baigorria, Nélida; Balestra, René; Barovero, Diego; Berman, Jorge; Berhongaray, Antonio; Blanco Muiño, Fernando; Calleja, Gustavo; Durán, Mauricio; Espeche Gil, Miguel Ángel; García Castrillón, José Luis; Grinspun, Gustavo; Guebel, Claudia; Hernández, Antonio María; Inchausti, Miguel Ángel; Klasse, Isay; Lacerca, Carlos; Lafferriere, Ricardo; Lentino, José María; Loñ, Félix; López Martucci, Pedro; Mahler, Israel; Malek, Adriana; Manili, Pablo; Martínez, Víctor Hipólito, Mayer, Jorge; Oliver, José María; Pandolfi, Rodolfo; Pósleman, Eduardo; Quevedo, Horacio; Rosa Donati, Sergio E.; Roulet, Elva; Sabsay, Daniel; Sanguinetti, Horacio; Sola, Juan Vicente; Solari Yrigoyen, Hipólito; Vale Cordeje, Darío Mateo; Vanossi, Jorge Reinaldo; Wajntraub, Javier; Weinschelbaum, Emilio; Weinschelbaum, Ernesto; y otros.